⏯ FACHADA
En el corazón del antiguo Reyno de Navarra, tierra llena de encanto y milenaria historia, se alza el Monasterio de Santa María la Real de la Oliva. Es un enclave espiritual relevante desde su fundación a finales del siglo XII y uno de los más célebres emplazamientos de la Orden Cisterciense en la península. Por todo ello, su visita supone percibir la grandeza de una arquitectura trascendental en la historia y en el arte medieval.
“Desde su fundación, el Monasterio de Santa María de la Oliva ha sido referente espiritual del pueblo navarro, sustento de su fe, testimonio de devoción y refugio de paz”
Antes de adentrarnos en el templo abacial, contemplaremos su fachada, imponente en su sencillez y al mismo tiempo variada en los estilos que la conforman. La sobria y original portada del recinto sacro está enmarcada por un arco apuntado con doce arquivoltas finamente elaboradas; con florecillas la interior y puntas de diamante la exterior. El arco descansa en seis columnas exentas y otras seis talladas en el muro, con capiteles de contenido vegetal. Mientras, en las jambas de las puertas advertimos sendos capiteles con las figuras de dos abades. El parteluz es aplastado y tiene una ornamentación similar, aunque entremezcla simpáticas caras humanas que parecen observar al visitante. Todo el conjunto denota una época de realización posterior al resto del templo; entre finales del siglo XIII y principios del XIV.
En el interior de dos círculos concéntricos del tímpano con forma semicircular, vemos el bajorrelieve del Agnus Dei que porta una cruz con estandarte labrado. Mientras, un Crismón con las siglas Alfa, Omega y Soter – Principio, Fin y Salvador- ocupa la parte exterior. En la parte superior, se representa un gallo, símbolo de la aurora de la resurrección y una estrella de ocho puntas que alude a la luz. En la parte inferior, un dragón y un grifo alado simbolizan el triunfo de Cristo como se describe en el Apocalipsis. Fuera de los círculos, en la parte superior, se encuentran las figuras del sol y la luna que aluden respectivamente a la divinidad y la humanidad de Cristo. En la parte inferior, a la derecha, se encuentra un Pantócrator rodeado de los tetramorfos -los símbolos de los cuatro evangelistas-; y a la izquierda, la imagen de la Virgen María con el Niño en su regazo y una figura de menor tamaño que pudiera representar a San José.
O beata solitudo, or sola beatitudo.
“Oh dichosa soledad, oh solitaria dicha”
San Bernardo de Claraval
En la parte más elevada de la portada podemos distinguir un alero especialmente decorado. Las figuras que lo forman son de época anterior, reaprovechados de una antigua edificación románica. Se trata de veintisiete modillones que recuerdan a la escuela de Cluny. Los pares son trece y pueden relatar la historia de la música. Algunas figuras son dignas de atención; La Anunciación, la rueda de la fortuna, luchas entre hombres y fieras y, la más excepcional; un Cristo Crucificado coronado con una diadema bizantina y cuyos brazos son sujetados por ángeles.
En el tímpano de la parte superior de la portada, se encuentra un pequeño óculo que en épocas pasadas pudo ser un gran rosetón, pero que fue sustituido en 1536. Corona la fachada una torre renacentista de 40 metros de altura, levantada en 1640 por el maestro Juan de Irún, siendo abad Ángel del Águila.
Volviendo la mirada a la parte inferior, son dignos de mención los dos rosetones, de inspiración románico-borgoñona, que flanquean la portada y permiten la iluminación de las naves laterales del templo al que ahora vamos a acceder. Probablemente son los primeros en su estilo realizados en la península ibérica.
“El Monasterio de la Oliva, remanso de silencio y oración, es uno de los grandes tesoros culturales y espirituales de nuestro país, siendo su iglesia abacial un destacado ejemplo de la arquitectura cisterciense en la península ibérica”
⏯ ACCESO AL TEMPLO
Después de estos retazos artísticos, es momento de cruzar el umbral yacceder a la iglesia abacial para recorrer este templo monumental y vislumbrar uno de los ejemplos de arquitectura cisterciense más genuinos.
Nos hallamos en la parte posterior del recinto sacro, sobre la plataforma alta de la escalera interior, de ocho peldaños sobre el nivel del templo. Es un mirador perfecto desde donde admirar la imponente monumentalidad del templo. Desde este punto, la visión se magnifica. Austero y monumental, armonioso y atrayente. Contemplemos su grandiosidad, una sencilla majestuosidad que seguramente nos ha cautivado desde el primer instante.
Su planta es basilical de cruz latina, con tres naves de seis tramos. La nave central es de mayor altura. El crucero tiene cinco capillas; la central donde se halla el presbiterio es semicircular, y las otras cuatro son de planta rectangular.
Todo el templo es un cúmulo de los conceptos místicos de sus creadores que penetran en nuestros sentidos. Su dimensión es fiel a los cánones geométricos de la estética agustiniana del número y de la proporción de la forma: 74 metros de longitud, la mitad -37 metros- es la medida del crucero y, la mitad de este -18,5 metros- es la altura de la nave central.
“…que no pretende en absoluto otro tipo de imposición que no sea la caridad, ni otro beneficio más que el bien espiritual y temporal de todos los hermanos.”
Carta Caritatis -Decreto Fundacional de la Orden Cisterciense- San Esteban Harding. 1119
⏯ NAVES DEL TEMPLO
Después de esta primera impresión, podemos comenzar nuestro recorrido para profundizar en los innumerables detalles que nos ofrece la imponente sobriedad del templo.
Antes de avanzar hacia la cabecera del templo, podemos ver a nuestra derecha, a los pies de la nave de la Epístola, el sepulcro románico de doce arcos trebolados. Este sepulcro estaba destinado al monarca navarro Sancho VII El Fuerte, aunque finalmente fue enterrado en la Colegiata de Roncesvalles. Enfrente se encuentra el grupo escultórico con las figuras de la Virgen niña y de sus padres, San Joaquín y Santa Ana, obra de escultor navarro Ramón Arcaya. En la nave opuesta se halla el sepulcro del siglo XII perteneciente a la familia de los Almoravid, con unas columnitas esculpidas en los ángulos de su cabecera y un escudo de este relevante linaje navarro. En el muro lateral de esta nave izquierda o nave del Evangelio, se hallan las catorce estaciones del sencillo y austero VIA CRUCIS de la abadía. En muchas ocasiones parece que el acompañamiento a Jesús en su Pasión y Muerte termina en el sepulcro, olvidando que la Cruz no es una derrota, sino la antesala del triunfo definitivo sobre la muerte que llegará con su Resurrección. VIA LUCIS
“Esta es mi más fina e interior filosofía, conocer a Jesús, y Jesús crucificado”
Sobre el Cantar de los cantares. Sermón 43,4- San Bernardo de Claraval
Como podemos advertir, la estética de la iglesia abacial se ajusta fielmente a la norma cisterciense, propia del arte ojival o gótico. Fue una novedosa modalidad arquitectónica de la cual el Císter fue fiel divulgador y perfeccionador en el trascurso del tiempo. Los arcos apuntados que determinan las bóvedas de crucería, descansan en doce soberbios pilares cruciformes con dos gruesas columnas adosadas en cada una de sus caras y otra más delgada en cada codillo. Esta sublime sencillez solo se pierde en los dos arcos de medio punto del primer tramo de crucero, que hacen suponer que por este sector comenzó la edificación del templo en torno al año 1164.
Destaca la decoración de las claves de las bóvedas de los primeros tramos donde están esculpidos el Águila de Navarra, emblema del rey Sancho de Navarra que estuvo muy vinculado al monasterio; un Agnus Dei, un rostro de Cristo Majestad y una cruz de la Orden de Calatrava que remarca los estrechos lazos con el Monasterio navarro de Fitero.
Los capiteles de las columnas son muy austeros, pero bellos en su simplicidad y variedad. Están decorados con motivos vegetales y algunas pequeñas bolas propias del arte cisterciense. La única excepción la componen dos capiteles cercanos a la puerta donde aparecen rostros de sirenas y grotescas figuras humanas. Era una zona destinada a los fieles y donde los monjes ya no tenían acceso.
“La caridad auténtica y verdadera, la que procede de un corazón puro, de una conciencia buena y de una fe sincera, es aquella por la que amamos el bien del prójimo como el nuestro propio. Porque la caridad convierte las almas y las hace también libres”
Tratado sobre el amor de Dios. XII,34 San Bernardo de Claraval
⏯ SACRISTÍA
Situada en la nave lateral derecha, se encuentra la sacristía conocida como “Nueva”, por ser la última estancia en ser construida. Fue erigida entre los años 1596 y 1607, bajo el mandato del abad Gaspar Gutiérrez. La portada de acceso es de estilo clásico, rematada por un frontón triangular. En ella, destacan los seis relieves labrados en las hojas de la puerta donde se narran diferentes episodios de la vida de San Bernardo. El interior del espacio es de planta cuadrangular, cubierta por la falsa cúpula de estilo manierista en la que se advierten figuras de ángeles y jarrones. Preside el muro frontal la efigie de Jesús Crucificado enmarcado en una hornacina, bajo los ventanales rectangulares que permiten la iluminación de la sacristía. Tres cuadros de autores monásticos adornan el resto de muros. “San José con Jesús muchacho” y “San Roberto recoge la iglesia de Císter de manos del Niño Jesús sostenido por su Madre” son obras de finales del siglo XIX realizadas por Fray Cesáreo de Vegas. La “Inmaculada Concepción” es obra de Fray Esteban, monje de La Oliva, realizada en el siglo XX.
⏯ TRANSEPTO Y CAPILLAS ABSIDIALES
Después de transitar por el coro de estilo neogótico, llegamos al transepto formado por cinco tramos, cuyo majestuoso crucero se cubre con un cimborrio románico de planta octogonal que cobija las campanas que llaman y acompañan a los monjes en su liturgia diaria.
La cabecera del templo está formada por el ábside central flanqueado por cuatro capillas de similar ejecución, un tramo cuadrado con bóveda de crucería y en el fondo, los originales vanos divididos por un parteluz. En estas capillas y en el transepto, se encuentra prácticamente toda la imaginería del templo. En la primera de las capillas, situada a nuestra derecha, descubrimos la efigie del gran impulsor de la Orden Cisterciense, San Bernardo de Claraval. En la contigua, podemos ver la efigie de San Roberto de Molesmes, uno de los fundadores de Císter. Ocupando una hornacina situada en el muro derecho, junto al acceso a la clausura, advertimos la talla de San José con el Niño Jesús.
En la primera capilla del lado izquierdo, se encuentra la imagen de San Esteban Harding, uno de los tres fundadores de la Orden cisterciense junto a San Alberico y el mencionado San Roberto. En la siguiente, aparece San Benito de Nursia, padre de la vida monástica en occidente. En el muro frente a las capillas, encontramos la sobria talla de Cristo Crucificado que goza de gran devoción popular. En todo el mundo católico es común la veneración al Crucificado. El pueblo fiel sabe que su Fe está anclada en una cruz y que, en ella, Jesús nos libró del pecado y de la muerte dando su vida por nosotros.
“¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que él puede salvarme”
Sobre el Cantar de los cantares. Sermón 61 San Bernardo de Claraval
⏯ CAPILLA DEL ALTAR MAYOR
Es el momento de contemplar la cabecera del templo donde se dispone el altar mayor, ubicado en el espacioso presbiterio. Está cubierto con una bóveda de cañón apuntada que termina en un ábside semicircular. Como es habitual en los templos cristianos, está orientado hacia el este. Mira a oriente, pues de oriente surge el sol que es símbolo de Cristo y que, al igual que Cristo, nos ilumina y nos da vida. La luz penetra por los cinco grandes vanos abocinados del ábside. La luz, entendida como símbolo de la divinidad, es elemento fundamental de la arquitectura gótica.
“El Císter es una orden especialmente mariana, y la Virgen María es parte esencial de su espiritualidad”
Lo primero que seguramente ha llamado tu atención es la delicada imagen de la Virgen María con el Niño entre sus brazos que preside el altar. Anteriormente presidía el conjunto una imagen gótica del siglo XIV. Esa talla fue trasladada el 10 de agosto de 1600 a la ermita dedicada a ella en Ejea de los Caballeros. Allí existía una arraigada devoción desde la reconquista de la villa en 1105 y donde hoy sigue venerándose.
La efigie actual de Santa María la Real de la Oliva es obra del escultor francés Raymond de Viverent. Recuerda a la mejor época de estatuaria gótica de Chartres o Laon y en especial, a Notre Dame de Bonne Nouvelle de la Catedral de Burdeos, a la cual se asemeja en sus finos rasgos.
De Maria nunquam satis… “De María nunca se dirá lo suficiente”
Junto al pilar que sostiene la efigie de Nuestra Madre, la Virgen María, se encuentra el sagrario. Se trata de una fina pieza de plata decorada con un relieve cromático de la Santísima Trinidad y distintas piezas labradas en marfil que lo circundan; las figuras de Querubines, los cuatro Evangelistas y la Última Cena del Señor. Este es el único elemento que ofrece unos toques de color. No es para menos, ya que en este lugar se encuentra el mayor tesoro que podemos encontrar en el templo, la Presencia Eucarística del Señor en el Sagrario. Cristo Vivo nos ha salvado y redimido gratuitamente, nos ha regalado la vida eterna y está siempre con nosotros.
Antes de abandonar este templo erigido por manos humanas para mayor Gloria de Dios, te invitamos a tener unos momentos de recogimiento. Puedes acompañar y adorar al Señor en su presencia eucarística en el Sagrario, o sentarte en silencio ante la acogedora presencia la Virgen María meditando su vida de entrega y humildad. Ponemos a tu disposición algunas oraciones que esperamos te sean útiles para estos momentos de oración.
“El desconocimiento propio genera soberbia; pero el desconocimiento de Dios genera desesperación”
ACORDAOS (Oración de San Bernardo a la Virgen María)
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
«MIRA LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA” DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL
¡Oh! tú, quien quiera que seas, que te sientes lejos de tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta estrella.
Si el viento de las tentaciones se levanta, si el escollo de las tribulaciones se interpone en tu camino, mira la estrella, invoca a María.
Si eres balanceado por las agitaciones del orgullo, de la ambición, de la murmuración, de la envidia, mira la estrella, invoca a María.
Si la cólera, la avaricia, los deseos impuros sacuden la frágil embarcación de tu alma, levanta los ojos hacia María.
Si perturbado por el recuerdo de la enormidad de tus crímenes, confuso ante las torpezas de tu conciencia, aterrorizado por el miedo del Juicio, comienzas a dejarte arrastrar por el torbellino de tristeza, a despeñarte en el abismo de la desesperación, piensa en María.
Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María.
Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María.
Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios.
Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás al Puerto Celestial.
Que su nombre nunca se aparte de tus labios, jamás abandone tu corazón; y para alcanzar el socorro de su intercesión, no descuides los ejemplos de su vida.
Siguiéndola, no te extraviarás, rezándole, no desesperarás, pensando en Ella, evitarás todo error.
Si Ella te sustenta, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer; si Ella te conduce, no te cansarás; si Ella te es favorable, alcanzarás el fin.
Y así verificarás, por tu propia experiencia, con cuánta razón fue dicho: “Y el nombre de la Virgen era María”.